La gobernación
renovó un gimnasio hediondo. Se transformó en un estudio de fotografía.
Chantel,
con sus 16 años recién cumplidos, se sintió incomprendida. Se vio fotografiada,
luego de que se ofreció para una publicidad, de una forma violenta. El
fotógrafo, Funke, le ordenaba quitarse la remera, sorprendida ella, sin
pensarlo solicitó marcharse.
“Trataremos
el caso y procederemos a sintetizar el daño emocional” Acotó Lucas Liniers, un terapeuta que se regocija ante el temor
ajeno.
Aquel
fotógrafo sostuvo su cámara en una postura que indicaba experiencia en este
tipo de situaciones. No tuvo necesidad de hacerse el santo ni mucho menos.
Aquel día se atrevió a fotografiar (por allá por octubre de 1966) y fotografiaba
con emoción (hasta 1970 lo hizo) Pero todo termina. Las denuncias, como suele
ocurrir en este tipo de casos, comenzaron a aparecer y su imagen se multiplicó
por la ciudad. Durante días, a fin de ese año, sin ninguna aprobación, se escabulló en la frontera, en un pueblo
perdido. El profesor Sudoku, quien tenía datos de que podría estar allí, lo
reconoció de inmediato, aunque tenía una barba tupida que
casi no dejaba ver su grafical cara.
Este
fotógrafo sobrevivió a aquella grotezca riña. Cedió, y verdaderamente
comprendió que el pudor probablemente no era de su entender y que su actitud le
jugaba en contra. Retrocedió.
Fue a
visitar al Dr. Vilar, al Dr. Miller, a J. Markevich, a Gutiérrez, a Martínez, a
Torres. Irrumpió con Fernandez Villa y con Curilovic y les preguntó cómo resolvería
aquél tema pecaminoso y vil que lo aquejaba.
Salvador Torres (en 1976) Visualizó su obra casi interminable y
respondió: “Creo que algunas de estas fotos responden por lo que me ha
relatado, a su propia biografía. Una edición reordenada de las mismas será de
utilidad. Sea por cinematográfica o no, ud. ha sabido recrear su propia
existencia”.
28/10/13
Comentarios
Publicar un comentario