Está de
espaldas. Es delgada, muy delgada. Mide no más de 1,60mts. Lleva una pollera
plisada marrón hasta por debajo de las rodillas, una remera rosa pálido y unos
zapatos también marrones de taco bajo.Tiene el pelo hasta el cuello, corte
recto y rulos castaños. Prepara el desayuno frente a la mesada donde dos ventanas iluminan
la cocina y su figura. Su delantal atado a la cintura, el moño apenas arrugado.
Se
acerca a la hornalla, controla el fuego, mueve la sartén, toma una espátula. Apoya
su cadera en la mesada mientras levanta su talón, quedando su pierna izquierda ligeramente doblada. Su
nariz es mediana, su frente amplia deja ver un rostro que luce serenidad. Sus
arrugas suaves transmiten seguridad.
Sirve
el desayuno, se acerca a la mesa frente mí. Me mira con sus ojos claros grandes
junto con sus cejas que se contornean con sutileza. Sonríe apenas. Apoya los
platos. Son tan pequeñas sus manos que uno siente que no resistirán levantar
una taza, aunque me resultan muy pesadas cuando me palmea la cabeza mientras me
pide que me apresure.
Sube
las escaleras. Miro. Ella estira su brazo abrazando la baranda. Sus zapatos se
ven más grandes. Las medias ¾ llegan hasta antes de que comience su rodilla,
son color piel opacas, desde aquí puedo ver la blancura de sus piernas. Se inclina y mira
indiferente los escalones, sube despacio. La mano que no sostiene la baranda se
apoya en la rodilla.
Cuando
termina de desayunar ya está de nuevo conmigo, conversando acerca de su plan de
comprar unas nuevas cortinas, me pregunta si me gustaría un color salmón. Subo
a buscar la mochila. Desde el piso de arriba se ve su cabello ondulado pero de
forma distinta, además noto sus raíces canosas. Si no pudiera ver las manos tan
características, creería que es otra persona.
Al
bajar ella está en la puerta, me acerco y me despido con un beso y un abrazo.
Ella está feliz. Me dice que me porte bien. Cierra la puerta y luego se va a
recostar un rato. Ella es feliz durante esas mañanas simples de sol.
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