El viaje en avión se tornó
tedioso, muchos bebés. El hotel es modesto y pulcro. Chequeamos al atardecer y
salimos a cenar enseguida para acostarnos temprano.
Por la mañana nos espera
el jeep marrón, lleva un el cartel que dice “African Adventure”. El día es
soleado, muy caluroso. Una hora después nos adentramos en la sabana. Mi marido,
a quien no le agrada mucho lo programado por otros, lleva su sonrisa más
preciosa, lo cual me satisface casi tanto como el paisaje.
Ciertamente, tengo un
marido irascible, intenta contener sin éxito su temperamento. Menos mal que yo,
que lo quiero tanto, sé cómo llevarlo, sé lo que le gusta y lo que no.
Qué no hubiese dado por
verlo contento en aquel otro viaje a Rusia, en el que renegó del frío y del
idioma hasta el cansancio.
Atravesamos la llanura dorada. Los pocos árboles que habitan el lugar nos enseñan una extraña soledad en el paraíso.
En nuestro destino nos aguardan dos elefantes, cada uno comandado por su guía. Nos dan las indicaciones a seguir para evitar cualquier accidente. Marcos está tranquilo, a pesar de tener que soportar que alguien le diga lo que debe hacer, en especial cuando uno de los guías le advierte que de no obedecer cada orden el tour se suspende de inmediato. Veo el cambio en su mirada, hago como si no pasara nada con un comentario acerca del clima y de la sed que me acosaba, digo que necesitamos más agua, o más sombra, lo que parece distraer la atención de ambos.
Al subirme al elefante con
la ayuda del guía y de Marcos siento miedo. Qué pasaría si el animal se cayese,
o se irritase. Decidí tener fe en mi nuevo colosal amigo y respiré
profundo.
El aire es espeso, la
tierra late con fuerza. Marcos parece tener un poco de vértigo. Le pregunto si
se encuentra bien, si prefiere suspender todo, a lo que responde que está de
maravillas. Mi guía me sostiene con fuerza y eso me hace sentir más segura.
En el jeep, al regresar, estoy
extasiada. Me pregunto cómo haría para poder deshacerme de lo que me aprisiona.
Marcos me agarra del brazo y me dice al oído “Bien nena, al menos no te caíste”.
Seguimos en silencio hasta el hotel. Al entrar en la habitación me acusa de
algo y de un portazo entra en el baño a ducharse. Yo, con calma, redacto la
carta, la dejo sobre la mesa al lado del florero. Salgo con mi valija. Y ya no
vuelvo.
Cony
27/01/14
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