Calculaba el recorrido para alcanzar esa moto.
Conocía bien a quien iba allí, y debía alcanzarla en otra moto.
Tenía que ser de esa forma.
Corría para agarrar alguna. Las calles eran amplias, lisas y claras.
Después de varios intentos de subirme a alguna moto, hubo una piba que se bajó de una (o la bajé)
Aceleré. Tenía que doblar en esa esquina. Me percaté de que no tenía frenos, yo que iba en bajada no podía doblar en la curva para alcanzar a quien perseguía. Ni siquiera atiné a girar el volante, sin dudas me estrolaría contra un poste de luz. Seguí derecho. Me empecé a preocupar más por el hecho de no saber cómo regresar, al encontrarme en un lugar desconocido, que de mis frenos.
Una cuadra después, lo que no tenía que pasar. Volé por los aires.
Dos ambulancias, una para mí, con heridas leves, otra para una piba que llevé puesta y quedó un poco peor. Algún reportero de noticias y la policía completaban el espectáculo morboso para quienes se detuvieron a ver.
Salí del hospital a la mañana siguiente. Derecho a la estación de policía.
Poco después alguien apareció. Yo estaba en un cubículo y vi a este hombre por la ventanilla. Era el padre de la víctima que vino a ver la cara de quien mandó al hospital a su hija.
Cárcel o confesionario eclesiástico confluyeron en la misma escena.
Excusó a su esposa -Imaginate cómo está- me informó.
Con toda mi vergüenza apenas pude responder a alguna de sus preguntas. Solo le pedía perdón y tapaba mi cara.
Desde atrás apareció su esposa, la madre de la víctima. Supuse se habría quedado en el auto y finalmente no quiso perder oportunidad de putearme, o algo por el estilo. Pensé también que el tipo habría exagerado, pero no dije nada, el dolor muchas veces no se deja ver.
Hablamos unos momentos y dijo ella -te entiendo- entre dientes.
Al día siguiente, salí.
Esa madre levantó los cargos. Sólo pidió que la acompañe a ella y a su hija recién salida del hospital. Las seguí.
Hablé mucho con la piba, era buena persona, estaba de buen humor a pesar de todo. Sus ojos brillantes dejaban ver una actitud soñadora. Su madre, en cambio, me causaba temor. No sabia qué era lo que quería realmente.
Fuimos a un departamento que al parecer estuvo viviendo la piba antes y tenia que buscar unas cosas. Me pidieron que espere allí en el hall del dpto y lo hice, luego almorzamos algo, bastante rápido y sin conversación más que superficial. Luego la madre pasó por una oficina a tramitar algo, esta vez me quedé con la piba en la puerta del edificio. Allí nos conocimos un poco mejor. Supe que ella se mudó a esta cuidad para estudiar y estuvo viviendo con una amiga, y que no le estaba yendo bien ni en el estudio ni con sus amistades, por lo cual se volvería con sus padres, que desde luego eran ricos, no lo disimulaban, y además le exigían excelencia y discreción. Nada de andar de fiestas o cosas así. Si no rendía en los estudios, volvería a casa.
Salió su madre y seguimos caminando, ya un poco cansadas.
Llegamos a una casona, debió ser un palacio y hoy era un apart hotel de lujo. Entramos y en la recepción veo ir a su habitación, sin saludar siquiera ni mirar atrás, a su madre. Lo mismo hizo su hija dirigiéndose a otra habitación.
Me quedé sin saber realmente qué hacer. No sabía si saldrían más tarde, si continuaríamos haciendo esa especie de tour por la ciudad, o qué. Repasé mentalemnte los últimos segundos. No, no hubo pedido de espera, ni un gesto, nada. Di media vuelta, la gente de recepción no se había detenido en mí. Como si nadie en absoluto notase mi presencia. Me tranquilizó, ya que no tenía ni un deseo de tener contacto con nadie.
Me dirigí a la puerta y la crucé. Bajé las escaleras del palacio. Del otro lado de la gran avenida desierta, observé los ventanales, el portón, las flores de la entrada.
Me alejé en libertad, llevando conmigo muchas preguntas.
20/09/2019
Conocía bien a quien iba allí, y debía alcanzarla en otra moto.
Tenía que ser de esa forma.
Corría para agarrar alguna. Las calles eran amplias, lisas y claras.
Después de varios intentos de subirme a alguna moto, hubo una piba que se bajó de una (o la bajé)
Aceleré. Tenía que doblar en esa esquina. Me percaté de que no tenía frenos, yo que iba en bajada no podía doblar en la curva para alcanzar a quien perseguía. Ni siquiera atiné a girar el volante, sin dudas me estrolaría contra un poste de luz. Seguí derecho. Me empecé a preocupar más por el hecho de no saber cómo regresar, al encontrarme en un lugar desconocido, que de mis frenos.
Una cuadra después, lo que no tenía que pasar. Volé por los aires.
Dos ambulancias, una para mí, con heridas leves, otra para una piba que llevé puesta y quedó un poco peor. Algún reportero de noticias y la policía completaban el espectáculo morboso para quienes se detuvieron a ver.
Salí del hospital a la mañana siguiente. Derecho a la estación de policía.
Poco después alguien apareció. Yo estaba en un cubículo y vi a este hombre por la ventanilla. Era el padre de la víctima que vino a ver la cara de quien mandó al hospital a su hija.
Cárcel o confesionario eclesiástico confluyeron en la misma escena.
Excusó a su esposa -Imaginate cómo está- me informó.
Con toda mi vergüenza apenas pude responder a alguna de sus preguntas. Solo le pedía perdón y tapaba mi cara.
Desde atrás apareció su esposa, la madre de la víctima. Supuse se habría quedado en el auto y finalmente no quiso perder oportunidad de putearme, o algo por el estilo. Pensé también que el tipo habría exagerado, pero no dije nada, el dolor muchas veces no se deja ver.
Hablamos unos momentos y dijo ella -te entiendo- entre dientes.
Al día siguiente, salí.
Esa madre levantó los cargos. Sólo pidió que la acompañe a ella y a su hija recién salida del hospital. Las seguí.
Hablé mucho con la piba, era buena persona, estaba de buen humor a pesar de todo. Sus ojos brillantes dejaban ver una actitud soñadora. Su madre, en cambio, me causaba temor. No sabia qué era lo que quería realmente.
Fuimos a un departamento que al parecer estuvo viviendo la piba antes y tenia que buscar unas cosas. Me pidieron que espere allí en el hall del dpto y lo hice, luego almorzamos algo, bastante rápido y sin conversación más que superficial. Luego la madre pasó por una oficina a tramitar algo, esta vez me quedé con la piba en la puerta del edificio. Allí nos conocimos un poco mejor. Supe que ella se mudó a esta cuidad para estudiar y estuvo viviendo con una amiga, y que no le estaba yendo bien ni en el estudio ni con sus amistades, por lo cual se volvería con sus padres, que desde luego eran ricos, no lo disimulaban, y además le exigían excelencia y discreción. Nada de andar de fiestas o cosas así. Si no rendía en los estudios, volvería a casa.
Salió su madre y seguimos caminando, ya un poco cansadas.
Llegamos a una casona, debió ser un palacio y hoy era un apart hotel de lujo. Entramos y en la recepción veo ir a su habitación, sin saludar siquiera ni mirar atrás, a su madre. Lo mismo hizo su hija dirigiéndose a otra habitación.
Me quedé sin saber realmente qué hacer. No sabía si saldrían más tarde, si continuaríamos haciendo esa especie de tour por la ciudad, o qué. Repasé mentalemnte los últimos segundos. No, no hubo pedido de espera, ni un gesto, nada. Di media vuelta, la gente de recepción no se había detenido en mí. Como si nadie en absoluto notase mi presencia. Me tranquilizó, ya que no tenía ni un deseo de tener contacto con nadie.
Me dirigí a la puerta y la crucé. Bajé las escaleras del palacio. Del otro lado de la gran avenida desierta, observé los ventanales, el portón, las flores de la entrada.
Me alejé en libertad, llevando conmigo muchas preguntas.
20/09/2019
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